El celular lo acompaña al despertar y antes de dormir; a veces también le roba tiempo al estudio y a otros intereses. A sus 20 años, Martín Romero, estudiante de Psicología de la UACJ, comienza a mirar con otros ojos una herramienta con la que ha crecido y que ahora quiere aprender a utilizar con mayor criterio
Lo primero que hace Martín Romero Robledo cuando despierta es buscar su celular. Lo último, antes de quedarse dormido, también ocurre frente a una pantalla.
“La verdad, sí lo uso bastante”, reconoce.
Tiene 20 años y estudia Psicología en el Instituto de Ciencias Sociales y Administración (ICSA) de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Este miércoles 2 de septiembre, por iniciativa propia, decidió acudir al foro Crecer en la era de las pantallas: impacto en la salud mental de la infancia y la adolescencia, realizado en el Teatro Gracia Pasquel de la UACJ.
Entre los asistentes, Martín destacaba por su juventud. No llegó porque algún profesor se lo pidiera ni porque formara parte de una actividad de clase. El tema simplemente le interesó.
“Considero que es importante este evento porque, como dice el título, crecer en la era de las pantallas es preocupante, por los niños, que están todo el día en los teléfonos”.
Pero basta preguntarle cómo es su propia relación con el celular para que la reflexión deje de estar solamente en los niños y se vuelva personal.
En un día sin clases, calcula que puede pasar hasta una hora frente al teléfono apenas abre los ojos. Cuando tiene pendientes, intenta reducir ese tiempo a media hora.
Quiere saber qué sucede con sus amigos, conocidos y con las personas que forman parte de sus redes sociales.
“Sobre todo en Instagram, Facebook o en TikTok, como que es adictivo”.
Por la noche la rutina se repite.
“Cuando me duermo, pues lo primero que hago es mirar el celular un ratillo para que me cale el sueño y ya me duermo”.
Martín pertenece a una generación en la que las pantallas no son una novedad. Han estado presentes durante buena parte de su crecimiento, en el entretenimiento, la convivencia, la escuela y ahora también en herramientas como la inteligencia artificial.
Quizá por eso no siempre resulta sencillo identificar cuándo el entretenimiento comienza a ganarle terreno a otras responsabilidades.
Al preguntarle si alguna vez ha sentido una especie de “cruda moral” después de pasar demasiado tiempo frente al teléfono y dejar algo pendiente, Martín se queda pensando.
“Es que en su momento no lo piensas, ahorita ya que me lo plantea de esa manera, pues sí”.
Entonces recuerda esas ocasiones en las que sabe que tiene que estudiar, pero TikTok sigue ahí.
“Yo sé que tengo que hacerlo, pero igual sigo viendo TikTok o lo que sea, entonces ya cuando viste que es tarde, pues pienso que hubiera estudiado más temprano”.
También reconoce que no siempre dedica el mismo tiempo a una lectura, un documental o algún contenido relacionado con Psicología. Para alejarlo de la pantalla suele hacer falta otra motivación: tocar la guitarra, por ejemplo, o que un examen esté lo suficientemente cerca como para obligarlo a concentrarse.
Es justamente esa relación —entre lo útil, lo entretenido y aquello que termina convirtiéndose en una distracción— la que Martín quiere comprender mejor.
Antes de comenzar el foro, tenía claro qué esperaba encontrar.
“Espero aprender algo nuevo, aprender cómo impacta crecer en la era de las pantallas y también sobre los usos de, por ejemplo, ChatGPT, considero que es algo muy importante”.
No habla, entonces, de abandonar la tecnología. Su interés parece ir por otro camino: entenderla, reconocer sus efectos y aprender a discriminar mejor cuándo puede ser una herramienta y cuándo conviene apartarla.
Antes de despedirse, una última pregunta lleva la conversación hacia sus lentes.
¿Los usas desde niño?
Martín sonríe y lo confiesa:
“La verdad que fue con el tiempo, con el uso de las pantallas. Empecé apenas hace un año. Me diagnosticaron astigmatismo”.
Los lentes son ahora parte de su rostro; el celular, de su rutina. Pero a sus 20 años Martín ha comenzado a hacer algo que quizá resulte más difícil que apagar una pantalla: detenerse a pensar qué lugar quiere darle en su vida.


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