Temblar durante una tormenta, esconderse cuando llega una visita o ponerse rígido frente a otro perro puede parecer una reacción aislada. Sin embargo, estos comportamientos son mucho más comunes de lo que muchos dueños imaginan y, cuando se repiten, pueden revelar que la mascota está viviendo con miedo o ansiedad.
Un análisis con datos de más de 43 mil perros encontró que el 84 por ciento mostró al menos señales leves o moderadas de miedo o ansiedad en situaciones cotidianas. Al incluir experiencias de aseo, la cifra aumentó hasta el 91 por ciento.
Esto no significa que nueve de cada diez perros tengan un trastorno de ansiedad. El estudio se basó en lo que sus dueños observaron en casa y buscó comportamientos como evitar la mirada, agacharse, meter la cola entre las piernas, llorar, quedarse inmóvil, temblar, intentar escapar o esconderse. Las respuestas reflejan grados de miedo, no diagnósticos veterinarios.
Otros perros expresan el estrés de maneras menos evidentes. Pueden jadear cuando no hace calor, caminar de un lado a otro, lamerse excesivamente, bostezar repetidamente o intentar alejarse de aquello que los incomoda. Incluso una reacción que parece agresiva puede surgir del miedo cuando el animal siente que no tiene una vía segura para escapar.
Los detonantes más comunes
Los perros desconocidos fueron uno de los detonantes más frecuentes: alrededor del 47 por ciento mostró algún nivel relevante de miedo hacia otros perros. Los ruidos fuertes también destacaron, con tormentas, fuegos artificiales y sonidos impredecibles entre los estímulos capaces de provocar reacciones intensas. Cerca de uno de cada 10 perros presentó miedo extremo al ruido.
Las personas desconocidas también pueden producir ansiedad. El estudio encontró señales al menos leves o moderadas en aproximadamente 22 por ciento de los perros frente a extraños. Esto ayuda a explicar por qué obligar a una mascota tímida a «saludar» puede empeorar la situación: acercarla físicamente a aquello que teme no garantiza que se acostumbre y puede aumentar su sensación de vulnerabilidad.
El baño y el corte de uñas merecen una mención aparte. Más de un tercio mostró miedo durante el recorte de uñas y alrededor de una quinta parte durante el baño. A diferencia de una tormenta, estos temores pueden desarrollarse después de experiencias desagradables, manipulación brusca o procedimientos que el perro aprendió a asociar con incomodidad.
Cómo ayudar a un perro con miedo
La reacción correcta no consiste en regañar al perro por esconderse, ladrar o temblar. Castigarlo puede aumentar la asociación negativa con la situación. Lo más útil es darle distancia, permitirle retirarse, evitar obligarlo al contacto y crear experiencias positivas de manera gradual, utilizando premios, juegos y exposición controlada.
También conviene preparar espacios seguros. Durante tormentas o fuegos artificiales, una habitación tranquila, cortinas cerradas, ruido ambiental y un sitio donde esconderse pueden ayudar. Si el perro teme a las visitas, puede permanecer inicialmente en otro espacio y acercarse por decisión propia en lugar de ser sostenido frente al desconocido.
Cuando el miedo comienza a limitar la vida diaria, provoca intentos de escape, destrucción, agresividad o hace que el animal deje de comer, pasear o descansar normalmente, vale la pena consultar al veterinario. El dolor, enfermedades neurológicas y otros problemas médicos también pueden modificar la conducta, por lo que no todo cambio repentino debe atribuirse automáticamente a «nervios».
En casos más intensos puede ser necesario trabajar con un veterinario especializado en comportamiento o con un profesional que utilice técnicas de refuerzo positivo. Algunos perros también requieren medicamentos para disminuir la ansiedad mientras aprenden nuevas respuestas; utilizarlos bajo supervisión profesional no significa que la mascota esté «mal educada».
La principal enseñanza es observar antes de que el miedo se convierta en una crisis. Un perro que gira la cabeza, se aleja, baja la cola o busca refugio ya está comunicando que algo lo incomoda. Aprender ese lenguaje puede evitar que llegue al ladrido, al intento de huida o a la mordida y hacer que la convivencia sea mucho más segura para todos.

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