La mañana del 17 de agosto, Santiago Enrique E. y dos miembros más de su familia estaban en casa, en Campestre Virreyes.
Atendieron la puerta principal, donde eran requeridos por –lo que supieron después– falsos trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad.
Iban a revisar el medidor del servicio, afirmaron, pero todo era un pretexto para entrar a la casa de una familia trabajadora.
Amagaron con armas de fuego. No se sabe cuántas ni de qué calibre o tamaño, pero armas que suponen superioridad y peligro.
Sacaron los maleantes corbatas plásticas negras para amarrar a los tres, aunque dijeron ir solo por Santiago.
No identificaron a los delincuentes. Se desconoce por qué o siquiera si tenían ya ubicado al hombre.
Era encargado de un negocio de comida en una conocida plaza de la ciudad, por el bulevar Zaragoza.
Santiago, sin embargo, no murió por las armas, sino a golpes y por asfixia.
Los violentos criminales se llevaron a la víctima al patio trasero, lejos de su familia reducida por las amarras.
Hicieron uso de una extensión eléctrica naranja corta para quitarle la vida, tras enredarla en su cuello, apretarla y no soltarla hasta dejarlo sin aire.
Asfixia, dicen los primeros reportes policiales, sin que hasta el momento se haya confirmado la versión por la Fiscalía regional.
No hay detenidos, y hay una persona menos en ese hogar, pero hay una pista: un auto robado.
Buscan ahora un Nissan Versa azul de modelo no precisado, con placas C38SAY8 vigentes del estado de Chihuahua.

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