Con estudiantes de entre seis y 85 años, el programa universitario se consolida como un espacio donde los sueños encuentran nuevas oportunidades, sin importar la edad, la condición física o el momento de la vida en que se decida aprender.
A los 74 años, Lidia Elsa Villanueva Chávez (en portada) volvió a sentarse frente a un pupitre. No lo hizo para cumplir una obligación laboral ni para obtener un título universitario. Lo hizo porque, después de toda una vida de trabajo, decidió regalarse algo que había postergado durante años: aprender.
Frente a una hoja en blanco y una caja de acuarelas, la ex empleada de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez descubrió una nueva pasión.
“Es mi primera clase y ahí la llevo”, comenta con una sonrisa que revela más entusiasmo que nerviosismo.
Tras jubilarse de la UACJ, Lidia continuó activa administrando un negocio de persianas, alfombras y papel tapiz. Sin embargo, llegó un momento en que sintió que todavía había algo pendiente.
“Hasta que dije: es tiempo de aprender algo nuevo”.
Ese deseo la llevó a inscribirse este semestre en los talleres de Artes y Oficios de la UACJ, un programa que desde hace años abre las puertas de la universidad a personas de todas las edades interesadas en desarrollar habilidades artísticas, técnicas y humanas.
Para Lidia, la experiencia ha sido reveladora.
“Es maravilloso que todo el mundo pueda tener acceso a tomar clases de lo que quiera, en verdad, porque hay mucha variedad”.
Encontró además un horario ideal para ella, los sábados por la tarde, un instructor que la inspiró y compañeros con quienes comparte la emoción de descubrir algo nuevo.
“El maestro excelente, me encantó y los compañeros iguales”.
Su entusiasmo es tal que ya tiene claro que continuará perfeccionando la técnica de la acuarela.
A unos cuantos metros de distancia, otro alumno también exhibe orgulloso sus trabajos.
Se trata de Enrique del Toro Silva, conocido cariñosamente como Quique.
Actualmente trabaja desde hace casi cuatro años en un programa de inclusión laboral de Bosch y cursa la licenciatura en Administración de Empresas en el Instituto de Ciencias Sociales y Administración (ICSA) de la UACJ.
Además, forma parte del grupo de danza folclórica universitaria.
Pero Quique quería más.
Un día le dijo a su madre, Clara Silva Rojas, que deseaba aprender pintura.
“Como él estaba en un equipo de béisbol, anda un poquito lastimado de sus hombros y ya se sentía cansado, pues le buscamos la alternativa de una clase de pintura para que se relajara, se concentrara y no dejara de estar activo”, explica.
Quique vive con una discapacidad intelectual derivada de una hipoxia neonatal, es decir, una falta de oxígeno al momento de nacer. Sin embargo, esa condición nunca ha limitado sus ganas de seguir aprendiendo.
Durante el semestre se integró al curso de acuarela, donde desarrolló 12 trabajos aplicando las técnicas enseñadas por su instructor.
Los resultados van más allá de lo artístico.
“Todo este semestre Quique desarrolló el saber dibujar, concentrarse, tener un poquito más de paciencia y socializar”, relata su madre. Hace una pausa y sonríe. “Sobre todo a socializar”.
Historias como la de Quique reflejan el impacto de un programa que no solo enseña técnicas, sino que fortalece la autoestima, fomenta la convivencia y construye espacios de inclusión genuina.
La maestra María Dolores García Flores, encargada de la Jefatura de Artes y Oficios del Instituto de Arquitectura, Diseño y Arte (IADA), explica que esta semana concluyen los talleres semestrales con una muestra abierta al público, donde la comunidad puede apreciar el trabajo realizado por los estudiantes durante catorce semanas.
“Se abrió una ventana a la comunidad para que vengan y aprecien el talento o el trabajo de cada instructor. El objetivo es que se acerquen, vean las técnicas, conozcan al instructor y vean el alcance que pudieran llegar a tener”.
La exposición permanecerá abierta hasta el 7 de junio e incluye muestras de manualidades, artes plásticas, fotografía digital, edición de video, así como talleres de superación personal y desarrollo humano.
Durante este semestre, alrededor de 2 mil 800 personas se matricularon en los diferentes cursos, una cifra que refleja el creciente interés de la población por estos espacios formativos.
“La gente se ha interesado cada vez más en esto. Creo que uno de los principales factores es la cuestión mental y emocional. Muchos lo toman también como un remanso, un lugar donde pueden venir a tomar una clase de pintura o de dibujo y encontrar tranquilidad”.
La diversidad de quienes participan es uno de los aspectos que más distingue al programa.
Actualmente asisten niños con autismo, jóvenes con distintas capacidades, adultos mayores y personas que, por diversas razones, nunca tuvieron la oportunidad de acercarse a una universidad.
El rango de edades va de los seis a los 85 años.
En una ciudad fronteriza caracterizada por el ritmo acelerado de la industria, la movilidad constante y los desafíos sociales propios de una metrópoli binacional, Artes y Oficios se ha convertido en algo más que una oferta de cursos.
Es un espacio donde una mujer jubilada descubre una nueva pasión a los 74 años; donde un joven con discapacidad encuentra herramientas para expresarse, fortalecer su autonomía y ampliar su círculo social; donde niños, adultos y personas mayores coinciden en el mismo salón para aprender unos de otros.
Es, en esencia, una puerta abierta para quienes desean seguir creciendo.
Porque en la UACJ el aprendizaje no tiene fecha de caducidad, la creatividad no entiende de barreras y la inclusión deja de ser un discurso para convertirse en una realidad que se pinta, se modela, se fotografía y se vive todos los días.
Y mientras haya alguien dispuesto a aprender, siempre habrá un espacio en la universidad para comenzar de nuevo.

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