Ante la falta de palabras que se refieran a la experiencia gustativa, después de traducciones y prejuicios una bebida «elegante» puede acabar siendo descrita como «introvertida» o «hedonista», señala estudio en lingüística cognitiva
La semana pasada fue el día internacional del sommeliere —o sumiller como se ha castellanizado la palabra—, una profesión fundamentalmente incomprendida por la mayoría de las personas, e incluso por aquellas interesadas en el mundo de los vinos, por razones lingüísticas y culturales.
De acuerdo con una investigación que revisó sistemáticamente 77 estudios sobre el lenguaje y las metáforas del vino, «el lenguaje utilizado para catar y hablar de esta bebida no se transmite entre culturas con la misma fluidez que la industria supone», señala Allison Creed, experta en lingüística cognitiva de la Universidad de Melbourne y autora del estudio.
El problema, como en la bíblica torre de Babel, está sobre todo en la traducción; sin embargo, incluso dentro de un mismo idioma, las metáforas que se utilizan para describir al vino, como «elegancia», «cuerpo» o «estructura», se entienden de maneras distintas.
Creed señala en un artículo en The Conversation, que esta «jerga especializada puede impedir que las personas se sientan cómodas participando en conversaciones sobre vino».
Además, esta falta de comprensión puede tener problemas para la industria, pues en idiomas alejados de las raíces europeas, como los que se hablan en Asia, donde se está expandiendo la cultura vitivinícola, «las palabras a menudo se pierden en la traducción, o adquieren significados muy diferentes«.
Del cuerpo y la elegancia a la incomodidad y la introversión
Como ejemplo, la investigadora pone la palabra «cuerpo», un concepto fundamental en las culturas vinícolas de habla inglesa, española y francesa para hacer referencia al peso (o la densidad) y la sensación en boca.
Sin embargo, «las investigaciones demuestran que incluso los hablantes nativos de inglés interpretan ‘cuerpo’ de forma diferente. Algunos creen que se refiere al sabor, otros a la textura y otros al contenido alcohólico», señala Creed.
No es necesario salir de Europa para que las traducciones conduzcan a aumentar la confusión. «En neerlandés, alemán y húngaro, las traducciones literales (lichaam, Körper, test) provocan asociaciones anatómicas incómodas«, señala la investigadora.
El término «elegancia» se presta a variaciones aun más grandes.
Creed explica que en las reseñas de vino chinas, la elegancia se expresa mediante las palabras mírén, que significa «encantador», y nèilian, que significa «introvertido».
«Estas son metáforas socioestéticas que activan patrones culturales completamente diferentes», señala la experta en lingüística cognitiva.
El problema, aclara es que el vino es lo que se denomina un «bien experiencial»; es decir, «no se puede juzgar el sabor ni la calidad hasta después de la compra. Los consumidores se basan en las descripciones para saber qué están comprando».
Los vinos como personas
«El hábito lingüístico más extendido en el mundo del vino es el antropomorfismo: la atribución de características humanas», dice Creed, y explica que describir el vino como si fuera una persona «nos ayuda a comunicar percepciones sensoriales complejas, recurriendo a nuestra experiencia personal del comportamiento y las emociones humanas».

Así, es usual caracterizar a los vinos como «tímidos», «honesto» o «agresivos», lo cual «no se trata de un lenguaje decorativo, sino de una estructura cognitiva», pero estas metáforas pueden conllevar prejuicios culturales.
«Las investigaciones sugieren que los vinos etiquetados con términos femeninos (como ‘delicado’ o ‘elegante’) se perciben como productos hedonistas destinados a un consumo rápido, lo que lleva a los consumidores a creer que su calidad disminuye con la edad«, añade Creed.
En cambio, los vinos con descriptores asociados a la masculinidad (como ‘potente’ o ‘audaz’) «se asocian con un mayor potencial de envejecimiento«, que en el caso de los vinos es una característica deseable y por tanto «reciben calificaciones de mayor calidad», lo cual puede influir en su precio.
La lingüista considera que la industria del vino «no está construyendo una torre de Babel a través de las metáforas en sí mismas, sino a través de la suposición de que todos hablan el mismo lenguaje metafórico».

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